La piedra alta


MAROSA

Hablar hoy de ella implica, o debería implicar, la responsabilidad de asumir que se trata de la mejor poeta uruguaya de todos los tiempos: Marosa di Giorgio Médici. Pero tampoco se puede hablar de poesía en lengua española sin ubicar su obra en los más altos pedestales.

“Marosa di Giorgio nació en Salto, el 16 de junio de un año cercano a 1930. Fueron sus padres Pedro di Giorgio y Clementina Médici. A escasos siete días de vida su domicilio dejó de ser el sanatorio Salto para ser la chacra de su padre, ubicada en Apolón de Mirbeck y avenida Concordia...” Tal lo escrito por Leonardo Garet en el inicio de su prólogo a Pasajes de un memorial al abuelo toscano Eugenio Médici. Sucede que esa chacra, con todos sus paisajes y seres que la habitaron, todo envuelto y transformado por la magia de su imaginación, es nada menos que el universo inventado por la poeta, para demostrar –para enseñar de una vez por todas– que la poesía es ante todo invención de mundos paralelos y no fácil exteriorización de emotividad o sentimentalismo como desgraciadamente se aplaude –y hasta se premia– en Salto hoy en día.

Marosa ha muerto, pero su obra no sólo sigue viva: crece. Y no necesita que la autora o sus amigos estén detrás, imponiéndola. Crece sola, porque es auténtica y vale por sí misma. Hay escritores que estando vivos, o a poco tiempo de muertos, están “en auge”, pero que después…, después no son más que mitos, nombres que se repiten por puro automatismo. Hay otros, como Quiroga, que cuanto más tiempo pasa de su muerte, más crecen. Lo mismo, sin dudas, sucederá con Marosa. Está sucediendo. La sola mención a su nombre atrae, convoca, entusiasma cada vez más. Apenas un ejemplo fue nuestro Teatro Larrañaga, a dos años de su fallecimiento, con más de cuatrocientas personas para la presentación del libro El milagro incesante – Vida y obra de Marosa di Giorgio, de Leonardo Garet. Más de cuatrocientas personas para la presentación de un libro en Salto: Excepcional. O la expectativa, que rebasaba los límites de Salto y el país, por conocer lo último escrito por Marosa cuando se aproximaba la publicación de su libro inédito en la Colección Escritores Salteños.

Leer a Marosa es concluir que ante sus ojos, las cosas no podían ser de otra manera que fantásticas. Es que hasta en algunas notas periodísticas que escribió, sus giros poéticos, siempre acertados, no faltan. Eso explica la utilización de figuras retóricas al servicio de una necesidad de expresión y no como meros ornamentos. Así por ejemplo, en una crónica que escribe sobre un viaje –obsérvese lo estándar que es generalmente el uso de la lengua en esta clase de textos –, la poesía está presente: “el cielo bermejo como en eclosión, en afortunado presagio, arriba de la nieve impávida. Me parecía que viajaba en la lámpara de Aladino. Dormía poco o nada. Bebía licor de tomate. Ámsterdam pintada en el cielo, a la media tarde; por una inclinación de la nave, al subir, la ciudad aparece por algún minuto, pintada en un costado del cielo…”“Crónica de viaje a Israel y Europa”, texto recogido en el mismo tomo de la mencionada colección–. ¿Cómo, si no con esos magistrales giros poéticos, podría plasmar con palabras todo su asombro, su deslumbramiento al contemplar un trozo del mundo que le resultaba “tocado de algo supremo, casi imposible de resistir”?

“La Naturaleza fue y es la gran palabra”, dejó escrito Marosa, como si no existiera ese normal traslado de los elementos a la poesía mediante un proceso intelectual, sino que parece que toda la naturaleza –el hombre lobo y la mujer mariposa, las azucenas y los gladiolos,…– nacieran EN las páginas de Marosa, desde su palabra, siempre por primera vez.

El silencio después de las palabras

Miguel Ángel Campodónico

Más de una vez, a propósito de la muerte de Marosa, recordé lo que dijo Octavio Paz: “Es necesario crear para ver”. Ella no lo dijo, simplemente lo hizo. Creó un mundo y nosotros lo vimos. Lo habitamos, en realidad. Sin embargo, no es de esto que quiero hablar en el comienzo, prefiero evocarla de otra manera, recordarla en el mundo real si es que ella alguna vez realmente lograba librarse totalmente del otro, del fantástico, del que creó para que nosotros lo viéramos.

Compartí con Marosa muchos momentos, hicimos un viaje a Río de Janeiro para asistir a un congreso literario, participamos con Amanda Berenguer en recitales leyendo textos nuestros en teatros de Montevideo, la vi en el café “Azabache”, de su Salto natal atendiendo a sus admiradores que llegaban a pedirle una palabra, un consejo, una opinión, un gesto, lo que fuera, con tal que viniera de la hija pródiga que, de tanto en tanto, volvía al huerto familiar. Y, por supuesto, nos sentamos innumerables veces a las mesas de los cafés de Montevideo, para hablar o para permanecer en silencio mientras bebíamos una copa de vino.

Todo aquello es ya pasado, ¿dónde está su mirada, su sonrisa, su cabellera de cuento de hadas? ¿Y su andar despacioso? Ella se fue hace ya largo tiempo y curiosamente tampoco lograron sobrevivir ni el “Sorocabana” ni el “Mincho”, los lugares montevideanos que habitualmente nos recibían para que en ellos formáramos apretadas ruedas de amigos. Ahí siempre estaba Marosa, disfrutando de la amistad, riéndose de algún crítico literario que gastaba palabras sin decir, quejándose de la ramplonería, condenando el amiguismo y el ninguneo, reclamando honestidad intelectual, exigiendo lo que ella misma estaba dispuesta a dar.

¿Cómo olvidarme de aquel viaje a Río de Janeiro? Fue como si Marosa no hubiera escuchado todo lo que se nos dijo sobre la conveniencia de no andar por algunas calles, no hubo forma de que atendiese ni una sola de las palabras que nos advertían de los peligros de los barrios que no debíamos cruzar. Y allá se iba ella a hacer siempre el recorrido prohibido protegida por los pobladores de su huerto encendido, provocando al azar con tanta decisión que él no se atrevió a hacerse presente. Fue y vino por la ciudad porque llegada de un mundo fantástico nada de lo que pudiera suceder en este otro podía afectarla.

Quiero también volver a acompañarla al encuentro con Mario Vargas Llosa en la casa montevideana de un matrimonio de escritores amigos para alarmarme nuevamente con ella cuando al final se produzca una fenomenal estampida de hombres y mujeres que arremeterán con sus libros en mano para que el famoso peruano se los lleve y algún día los lea, los admire y los aplauda. Y vuelvo a escuchar a Marosa repitiendo “no puede ser, no puede ser, qué barbaridad”, hasta que decidimos irnos para darle la espalda al lamentable espectáculo. Caminamos por la vereda y nos decimos que fuimos los únicos que no llevamos nuestras obras literarias para que Vargas Llosa entendiera lo buenos escritores que somos. Menos mal.

Repito ahora la misma pregunta que me he formulado más de una vez. Si la literatura de Marosa ha servido para que de ella se dijera, entre tantas cosas, insólita, pasmo, fábula, hechizo, hermosura, monstruosidad, originalidad, deslumbramiento, extrañeza, perversidad, erotismo, exceso, imagenería, desborde sensual, magia multicolor, prosa poética, poesía fantástica, poesía en prosa, poesía a secas, ¿qué hacer con tantas palabras ajenas depositadas sobre las suyas antes, durante y, sobre todo, inmediatamente después de su muerte? Quizás lo mejor sería abrir las jaulas para liberar a sus liebres, corderos, pájaros, mariposas, águilas, serpientes y lobos de modo que cayeran sobre todo lo dicho y se engulleran letra por letra tanto palabrerío incapaz de abonar su huerto.

La propia Marosa había dicho en un reportaje que le hice hace ya muchos años: “El libro de poemas es para transitar, agotar –y nunca se agota- en la paz y en el silencio.” Ese silencio que después de leer lo que dejó escrito nos dejará con la sensación de que a partir de lo que ella dijo, como siempre sucede con los escasos poetas creadores, cualquier otra palabra estará de más especialmente en esta época en la que las palabras vicarias suenan más fuertes que las principales.

Esperemos que todos seamos capaces de volver siempre a la lectura que genera silencios. Que nos encontremos frente a un libro de Marosa que acabamos de terminar y que cerraremos sin pronunciar más palabras. Que nos dejemos envolver dulce o furiosamente por las suyas con los ojos cerrados. Y sobre todo con la boca bien cerrada. Libro cerrado, ojos cerrados, boca cerrada. Y sus palabras abiertas escarbándonos bien adentro. Rendidos a ellas mientras no dejan de inquietarnos.

Breve comentario sobre el poema "Anoche volvió, otra vez, La Sombra...", un poema que pertenece a "Papeles Salvajes"

Circe Maia

Como en otros textos, la aparente prosa puede resolverse en líneas de métrica variada, que van creando un ritmo propio del poema, propio de Marosa. Es un ritmo envolvente, en él se describe la llegada de La Sombra, así, con Mayúsculas. Al final del poema, la misma palabra está en cursiva, como para subrayar su carácter diferente, ajeno a lo demás. ¿Quién es? ¿Qué representa? De ella, de La Sombra, no se dice nada, no se la describe, pues lo que interesa son sus movimientos, su recorrida por la casa. Su ser consiste en su deslizarse sobre las cosas y los seres: del jardín al dormitorio, del dormitorio a la cocina y otra vez al jardín.


El comienzo del poema puede traernos a la memoria la manera en la que Yannis Ritsos, poeta griego contemporáneo, describe la entrada de la noche por "las abiertas ventanas del verano". Entra la noche y recorre cuartos, muebles, espejos. El poema también parece escrito en prosa, pero también es poesía. El ritmo es similar, pausado; las imágenes visuales, muy nítidas. Y sin embargo, ambos poemas trasmiten cualidades opuestas. En Ritsos, la luz nocturna es una inundación gradual y suave, que trasforma los espejos en lagos y en puertas "hacia un más allá y siempre".


En Marosa, la misteriosa actividad de La Sombra está asociada a la destrucción y a la muerte: la rotura del espejo, el cavar en el jardín.

La Sombra es también "la interrupción del amor", el detenerse brusco de esa corriente erótica presente en casi todos sus textos, unidos, muchas veces, a rasgos siniestros y fantásticos.

MAROSA Y EL ANGEL DE TODOS LOS SEXOS

Rafael Courtoisie

La historia sucedió hace casi veinte años. Me habían encargado preparar una Antología de “Poesía Contemporánea Rara y Femenina” para editar en México. Era un encargo algo extraño, pero como yo había trabajado el tema Literatura de la Mujer en algunas universidades de los Estados Unidos, se suponía que el tema no me resultaba ajeno.

Lo que complicaba un poco las cosas era ese adjetivo incrustado en el título del encargo: “raro”.

—¿“Raro” en la acepción de “queer”? —interrogué a la directora de la editorial.

—No, no exactamente eso —me respondió— “raro” en el sentido rubendariano…

—Ah…—simulé aceptar y sonreí. Al fin y al cabo, aquello estaba muy de moda en esa época.

Entre los muchos nombre latinoamericanos que me saltaron a la mente, desde la brasileña Cecilia Meireles a mi entrañable portorriqueña Mayra Santos Febres, estaba, por supuesto, el de Marosa di Giorgio Médicis.

Le pedí a Marosa material poético, en lo posible inédito. Me dijo que sí, que me lo daría.

Pasaron varias semanas.

—Hola, ¿Marosa?

—Sí, ¿cómo estás?

—Bien, te llamaba por los poemas para la antología.

—Ya los tengo.

—Ah…ya mismo los paso a buscar.

—Pero hay un problema.

—….¿cuál?

—El nombre de la antología. No corresponde. Al menos en mi caso.

—¿No te gusta? a mí tampoco, pero es un pedido de la editorial…

—No es que no me guste. No es mi caso.

—¿Cómo que no es tu caso?

—Yo no escribo “poesía femenina”…Rara, sí. Pero femenina, no.

—No entiendo…vos sos mujer…

—…-el silencio del otro lado de la línea telefónica era de escarcha.

—Puedo solicitar que modifiquen el título, pero es difícil…

—¿Sabés cuál es el sexo de los ángeles?

—Mmmm….no. No lo sé a ciencia cierta…

—Todos, todos los sexos. Hay ángeles sin sexo y ángeles de todos los sexos. No hay ángeles “femeninos”….

—Pah….

—Y yo soy un ángel, lo supe en un sueño.

No hubo nada que hacer. Para convencer a Marosa le prometí que el libro que estaba preparando se llamaría Antología de la poesía rara de todos los sexos. A la editora mexicana le encantó la idea, y ampliamos el espectro de poetas seleccionados.

ANTES DE LA LLUVIA

Por Myriam Albisu

“Porque entre mi casa y la casa de mis abuelos, iban todos los prados, las nubes… Pero después se llegó la lluvia y se fueron las flores…”. (Druida Nº 10).

A pocos quilómetros de la ciudad, sobre calle Apolón de Mirbeck, encontramos la primera chacra en que pasara sus primeros años Marosa, con su familia. De la segunda casa, sobre calle San Martín, que fue de la que abrigó más recuerdos, quedan todavía algunos testimonios. Padres y abuelo, compartían las tierras. El abuelo Eugenio Médici, había comprado en 1905 los derechos sucesorios de Don Francisco Astengo y el 12 de diciembre de 1917 obtenía la salida municipal, cosa que facilitaba los desplazamientos de y hacia la chacra. Probablemente en 1934 adquiriera también la chacra que perteneciera a los sucesores de Don José Masferrer y Doña Josefa Echevarría de Masferrer, que lindaba con la anterior. En el año 1940, se vende a la Sra. María del Carmen Scarrone. Marosa y su familia permanecerían allí hasta 1942.

“Sale.Toma el sendero que parte en dos la huerta. A las veras, membrilleros enanos, y jaras y humo”. (Poemas Nº 4). (Los papeles salvajes Nº 1)

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“Nos avisaron antes de que firmásemos el contrato; pero, era una tierra tan hermosa…tan plena de acelgas y de rosas. Además ellos disimularon por varios días”. (Historial de las violetas Nº 30)

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La chacra en la que viviera Marosa y su familia, pertenece actualmente al matrimonio Cayetano- Kutcharski, que continúa desarrollando distintas actividades propias de la chacra y lleva adelante otros emprendimientos entre los que se cuenta un vivero de plantas y árboles. Es bueno recordar que parte de esos árboles son los mismos que crecieron junto a Marosa y que la casa aún conserva su estructura básica y cuenta con un buen mantenimiento; se le ha agregado una habitación que da al frente.

El campo que rodea el lugar es pintoresco, con suaves lomas; aún pueden verse algunas acequias, el viejo tajamar, y la arboleda“Vino el viento, claro, verde, y deshizo los árboles que se reconstruyeron enseguida” (Poemas Nº 2 )

A lo lejos puede verse todavía, una crecida vegetación que recuerda el trayecto del tren y del motocar, y también puede verse el puente (o túnel más bien) por donde con su silbato estridente, inconfundible, parecía anunciar las 11 y 30.

“Yo había cobrado la costumbre de errar toda la tarde sola, lejos,sobre esta tierra que pronto sería ajena.

A los diez años

yo era aquella alta niña rubia

al pie de las parvas de papas

cerca de los rosales y la luna”

Druida (Nº 29).

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El tiempo fue pasando y Marosa se radicó en Montevideo llevando consigo a su madre y acercándose a Nidia, su hermana, y su familia. Allí la vida de Marosa tenía un campo mucho más propicio para desenvolverse literariamente; se rodeó de amigos que la valoraban y poco a poco fue agrandándose en el mundo de las letras, en el que se destacó desde un principio.

Su vida se llenó de viajes y distinciones, de grandes satisfacciones de las que Salto debe estar orgulloso. El tiempo, que pasa inexorablemente, también arremetió contra ella, y se la llevó, una mañana lluviosa de agosto (17) del año 2004.

“Es difícil expresar tanto absurdo, tanta tristeza, sentir que el tiempo todo entero no es más que una larga noche donde un caos infinito nos separa” : Palabras de la escritora Selva Casal, en un homenaje a Marosa (de “El milagro incesante. Vida y obra de Marosa di Giorgio, Leonardo Garet).

La Sala Marosa Y el Grupo Amigos de Marosa

“Quedaban otras acciones por cumplir y las pude llevar adelante por el incondicional apoyo de la Intendencia Municipal de Salto. Le pedí a Nidia el traer algunos muebles, ropas y adornos de la casa de Marosa para crear en Salto, la Sala Marosa di Giogio. Estuvo totalmente de acuerdo. Fui a Montevideo y en una camioneta trajimos lo que podía ser más representativo Se conformaría la Sala Marosa di Giorgio en casa Horacio Quiroga en Salto para que las cosas que la acompañaron en su vida cotidiana puedan ser para los que admiran su obra una forma de acercarse a su latido” (Leonardo Garet, de El milagro incesante…).

La Sala Marosa se inauguró el 17 de agosto del año 2007.

Al mismo tiempo que se realizara la inauguración de las últimas etapas de la Casa Quiroga quedó librada al público definitivamente la Sala Marosa. La Casa Quiroga quedó conformada así por Mausoleo y Museo de Horacio Quiroga, la Sala Marosa, el Espacio Peloduro y el Auditorio.

Esa misma noche, en el Auditorio se presentó la obra Bromelia, a cargo de un elenco de Montevideo dirigido por la actriz Azucena Lavin, que tuviera como base de su creación la parte erótica de nuestra poeta.

También a instancias de Leonardo Garet, en el año 2006 se creó el grupo Amigos de Marosa, con el cometido esencial de mantener viva su memoria. Entre las actividades organizadas por este grupo están algunos homenajes en el Cementerio Central, y las presentaciones de los libros: Pasajes de un memorial al abuelo toscano Eugenio Médici. último libro de Marosa, póstumo; y El milagro incesante. Vida y obra de Marosa di Giorgio, de Leonardo Garet.

***

Y Marosa se va en la proa de un tren, la roja cabellera, la polera rosa, sobre los hombros el oscuro tapado, mirando hacia nosotros, no mirando, con su sonrisa de “Mona Lisa”, tal si partiera, tal si viajara a esa ignota comunidad de la Poesía.-

Como volando se fue, partió.

Y nosotros allí, sin saber qué decir, sin saber si llorar.

Sueño, Nidia di Giorgio

La copa de Eva: La poética femenina de Marosa Di Giorgio

Profª Lucía Delbene

La obra se nutre en las fuentes del recuerdo, entre otras, para elaborar una genealogía que alcanza las dimensiones de gesta, de mito. Debido a ciertas operaciones que se producen en su marmita poética, la genealogía de Marosa Di Giorgio se convierte en mítica, en el sentido aristotélico del término, una historia o narración que remite al origen sagrado y al destino de la comunidad. Allí las relaciones interparentales son transparentadas a sus diseños esenciales, se enuncia la constelación siniestra y amorosa que hilvana la institución familiar. La presencia de los abuelos, el padre y la madre, las tías, hermanas, primas y primos configuran la historia primordial de la familia, encauzada en la lucha por la existencia, enfrentada a lo que la perpetua y la destruye. La muerte y el erotismo afloran, dejando a la azorada voz expectante contemplar la médula de las relaciones parentales no exentas de los tonos exquisitos del horror. Es la historia de la chacra, una suma poética fragmentaria que va tejiendo una obra holística y unitaria, recogida en los papeles salvajes.

Dentro de la institución familiar, las reglas impuestas por los roles interparentales, son sistemáticamente transgredidos por un discurrir subjetivo que se niega a encarnar el modelo predestinado por el mandato del sistema genealógico de cuño patriarcal heredado de las estructuras mediterráneas. El ser jamás cumple el designio del “deber ser” genealógico, desintegrando el yo en una multiplicidad de entidades realizadoras de innumerables identificaciones con un bestiario de estirpe salvaje. Este yo perplejo y metamórfico, que no puede reproducir ni adaptarse, es una voz enmascarada que no disiente con el follaje del asombro y recorre el espacio que le ha sido asignado por nacimiento: el de ser el escriba de la familia.

El estatuto del yo poético se configura como una voz femenina que traspasa con su percepción el centro de los seres, desatando sus espléndidos fuegos. Estos fuegos desprendidos arrasan al yo en un intercambio reversible que jamás configura una ontología incólume, sino que lo hacen trashumar a través de los reinos zoológicos, agrarios y minerales conformando su signo más constante, mutabilidad que se sabe apariencia, máscara hipnotizada en su pletórica sensorialidad. Este yo se diluye, se transforma, es canibalizado por otros seres que están dispuestos a devorarlo y despiertan el terror lírico del sujeto que no puede explicar, y que se remite a señalar la atmósfera amenazante que se cierne sobre su ascua. No transforma al entorno ni puede operar sobre él, inmóvil contempla entre la congoja y la fascinación el teatro negro y maravilloso que se desenvuelve a su alrededor. Sin embargo la relación del yo con el entorno no es estática, en el intercambio de visiones que provoca, hay un pasaje de transferencias, una nivelación ante la naturaleza que manifiesta al yo humano como una gota permeable al universo que lo circunda. Se desviste de su prepotencia –en el fondo se sabe fatuo–para inclinarse con humildad ante el espectáculo del dios y sus criaturas, apertura que le permite asistir y contemplar, el retablo que presuntamente deleita y destruye.

La poética de Di Giorgio no se inscribe dentro de ninguna de las tendencias que dominaron el siglo y menos asimilable a tal o cual personalidad de nuestras letras. Es una “rara”, de acuerdo a las categorizaciones de la teoría. Según Moraña, se vincula con la obra de Armonía Somers, autora que también se instituye desde los bordes del discurso dominante[i]. Con Somers, comparte la profundización en la exploración de un mismo territorio y la preponderancia de un “yo” radicalmente femenino que se propone como el motor que genera los mundos. Según la autora ambas poéticas se insertan en la corriente latinoamericana instaurada por Clarice Lispector que se plantea desde las relaciones interparentales que pautan el modelo de la identidad femenina. En estas poéticas, la percepción femenina y la feminización del mundo roen los edificios socioculturales construidos para ocupar lugares predeterminados y desplegándose en sus intersticios, desestabiliza el orden de la fundamentación patriarcal y subvierte los lugares previamente establecidos. Esto produce que la poética se cree desde una sensibilidad esencialmente femenina, liberada de la mirada que intenta definirla. Sin embargo, en la poética de Di Giorgio el espacio regido por las féminas que determina el orden femenino del mundo es ambiguo. Las pautas socioculturales no son explícitamente rechazadas, sino de manera furtiva, es en la inadecuación al orden recibido por el modelo social en donde se halla la verdadera negación del modelo. Tal inadaptación lleva a la desestructuración del lenguaje, a una deconstrucción de su función reificadora. En esa sublevación, inadaptación a un mundo social y políticamente determinado, donde el rol de la mujer es asignado desde temprana edad y una clara línea divisoria separa y enmarca las funciones de los sexos, el espacio íntimo de la casa se enrarece, el yo se fragmenta y se metamorfosea tentando los límites de su propia existencia.

El espacio de la casa y sus habitáculos, ocupan un lugar importante en el desarrollo de la obra de Di Giorgio. Dentro de ésta se instituye un matriarcado en el que el orden de los objetos y acontecimientos es determinado por las mujeres. Abuela y madre crean los formatos por donde se han de desenvolver las actividades cotidianas. La casa es el primer signo de la preponderancia femenina en el universo de Di Giorgio. Es un receptáculo viviente, un vientre pletórico de seres y cosas que la habitan, desde los objetos que acompañan la rutina, hasta los pequeños animales domésticos que cohabitan el espacio compartiéndolo y disputándolo. En el interior reinan los espacios femeninos, aparadores, licoreras, dulceras, tazas y copas que duplican los receptáculos de la naturaleza, en el exterior los masculinos, el mundo del trabajo, comandado y ejercido por los hombres. En los espacios de la casa y su jardín ocurren los acontecimientos diminutos que acotan las breves anécdotas poéticas del memorial de las huertas. Pero la casa contiene objetos que a su vez contienen otras cosas, una caída hacia adentro característico de la poética femenina de Di Giorgio. Alusión constante a los recipientes e incontables los objetos que son susceptibles de ser, como la casa, receptáculos de otras cosas, nutricias o eróticas, provocadoras de efectos alucinantes o también los que acumulan en sus espacios interiores la profundidad de lo que puede (y debe) ser guardado.

El redoblamiento tópico de los continentes es el propio cuerpo femenino oquedad albergadora de huevos, hijos, líquidos nutricios dispensadores de placer o destrucción. En su vertiente erótica el cuerpo es fagocitado hasta la aniquilación, vampirizado bebido y libado por los diferentes machos del mundo que transitan lo animal, lo humano y lo vegetal. El cuerpo femenino expele y engendra sus productos; banquetes que los machos devoran con alevosía. Es en la poética tardía, la que constituyen los relatos eróticos, en donde avistamos cómo el cuerpo femenino se ofrece como objeto de deglución del que manan exquisitos manjares. De él caen cerezas, flores, líquidos extáticos, efluvios aromáticos que los machos saborean con fruición. El elixir femenino, la copa de Eva, hechiza y enamora tanto como enloquece y aniquila.

Testigo ardiente de la historia infinita del jardín natal, el yo poético de Marosa Di Giorgio se impone la tarea de transmitir la memoria en un relato compuesto con el trazado del discurso lírico, pero que requiere de la articulación narrativa para su conservación. Al mismo tiempo, el sujeto jamás se limita a testimoniar y reproducir el rol por el código asignado, sino que víctima de su inadecuación a las normas de la configuración socio-familiar se atreve a transitar por la imaginería de la belleza cuyo signo se evidencia como uno de los derroteros más originales de la poesía uruguaya del siglo.



[i] En este artículo, Moraña apunta la percepción radicalmente femenina que se desbroza de ambas obras: “Desde esa dirección se esboza una percepción femenina de la realidad, que sin concebirse aún como discurso marginal forma parte de un estado de conciencia poético que impugna los valores estéticos dominantes creando en su lugar un universo, intuitivo, emocional, sensorialista, a su manera mitificador.” M. Moraña. Armonía Somers y Marosa Di Giorgio: De la literatura como fascinación. En “Memorias de la generación fantasma” Monte Sexto. 1988.

 

Bibliografía especializada y prólogos consultados

Benítez H. Interpretación y eclipse. Ensayos sobre literatura uruguaya. “Marosa Di Giorgio en las bocas de la luz” Linardi y Risso – Montevideo 2000.

Garet. L. El milagro incesante. Vida y obra de Marosa Di Giorgio. Ed. Aldebarán. Montevideo, 2006.

Echavarren. R., Capurro. R. Marosa Di Giorgio: Devenir Intenso; La magia de Marosa Di Giorgio. Ed. Lapzus. Montevideo. 2005.

Moraña, M. Memorias de la Generación fantasma. “Armonía Somers y Marosa Di Giorgio: De la literatura como fascinación” Monte Sexto. Montevideo. 1988.

Pallares, R. Tres mundos en la lírica uruguaya actual. “Marosa Di Giorgio. Liebre en marzo como en febrero”. Ed. Banda Oriental. Montevideo. 1992.

Penco. W. Prólogo de Clavel y Tenebrario. Arca. Montevideo. 1979.

Rama. A. Prólogo de Cien años de raros. Arca. Montevideo.

Artículos consultados internet y revistas

Bravo, Luis. “Las nupcias exquisitas y el collage onírico”. Texto extraído de H enciclopedia. www.henciclopedia.org.uy/index.html

Genette, Gerad. “Análisis estructural del relato”. Rev. Comunicaciones Nº 8.

Olivera Williams, M. R. “La imaginación salvaje”. Revista Universidad de Antioquía. Nº 275/ Enero-Marzo. www.editorialudea.com

Porzecanski, Teresa. Marosa Di Giorgio: Uruguay´s sacred poet of the garden. A Dream of Light & Shadow: Portraits of Latin American Women Writers. Consultado en Questia Media America. www.questia.com

Ediciones consultadas: Marosa Di Giorgio

Los Papeles Salvajes. Arca. Montevideo. 1971.

Clavel y Tenebrario. Arca. Montevideo. 1979.

La liebre de Marzo. Calicanto. Arca. Montevideo. 1981.

Mesa de Esmeralda. Arca. Montevideo. 1985.

La Falena. Arca. Montevideo. 1987.

Reina Amelia. Adriana Hidalgo editora. Buenos Aires. 1999.

Los Papeles Salvajes II. Adriana Hidalgo editora. Buenos Aires. 2000.

Misales. Libros del ciudadano. Santiago de Chile. 2001.

Camino de las Pedrerías. El Cuenco de Plata. Buenos Aires. 2006.

Pasajes de un memorial al abuelo toscano Eugenio Médici. Colección escritores salteños. CCeIS. Intendencia de Salto. Salto. 2006.

El milagro incesante-Vida y obra de Marosa di Giorgio,

de Leonardo Garet

Hasta el momento, un sólo libro se ha escrito sobre la vida y la obra de Marosa. Se titula El milagro incesante-Vida y obra de Marosa di Giorgio (Ed. Aldebarán, Salto, 2006). Leonardo Garet, su autor, no sólo estuvo vinculado a Marosa por los quehaceres literarios y la coincidencia en círculos de artistas y allegados a la cultura, tanto en Salto como Montevideo, sino sobre todo por una entrañable amistad personal. Por ello, es que el tema mismo le asigna una autoridad aún mayor a la que ya se ha ganado en su trayectoria como crítico literario.

La presentación del libro tuvo lugar en el Teatro Larrañaga de Salto el 4 de octubre de 2006 ante aproximadamente 400 personas. Hicieron uso de la palabra los escritores capitalinos Hebert Benítez Pezzolano y Miguel Ángel Campodónico. También estuvo presente el cineasta Eduardo “Pincho” Casanova, quien exhibió el video “El lobo”, inspirado en la obra marosiana. El acto tuvo la organización de la Sociedad Médico Quirúrgica de Salto (institución que además apoyó decididamente la edición) y el Grupo Amigos de Marosa.

Con 340 páginas y fotografía de Marosa tomada por el salteño Marcelo Cattani como carátula, el volumen incluye una completísima biografía de la poeta, acompañada de muchas fotografías, y una visión crítica pormenorizada de la totalidad de su obra desde el primero hasta el último de sus libros, sin olvidar textos aparecidos en publicaciones periódicas. No escapan además, las innumerables notas sobre Marosa aparecidas en muy diversos medios y épocas.

El milagro incesante…, es referencia ineludible para todo quien pretenda acercarse a Marosa, sea con la intención de un estudio riguroso o de la simple lectura de una vida y una obra – definitivamente no se pueden disociar- apasionantes. Se estructura en nueve capítulos de variada extensión: “Vida”, “Obra”, “La obra como un templo”, “Una propuesta iluminada”, “La obra como un universo”, “Eros alucinado”, “La familia”, “Palabras finales”, “Bibliografía anotada y Referencias en publicaciones periódicas”.

“Escribir el testimonio personal que me dejó su ser de excepción, pero también hacerme eco del sentimiento generalizado de todos cuantos la conocieron, creo que es mi ineludible deber a la memoria de Marosa di Giorgio….Pretendo que sea documental sin dejar de ser vivo y pasional. El tema, como ninguno, exige la conjunción de ambos enfoques”, dice el autor en palabras iniciales escritas bajo el título “Propósitos”.

Jorge Pignataro

 

MAROSA Y LA EDAD MARAVILLOSA

Por José Luis Guarino

Un reportaje realizado a Marosa y publicado en el Diario El Pueblo el 18 de agosto de 1990, en una de sus visitas a Salto, arroja luz sobre el germen de su poesía, y la fuente inagotable de su inspiración: «Mi pequeño mundo fue San Antonio Chico…las cercanías del Hipódromo… los naranjales, las plantaciones de frutillas, jardines, gladiolos…»

La niña, en el sencillo y austero ámbito físico y familiar, vivió con naturalidad su infancia, junto a sus seres queridos y un entorno de plantas, flores, animalitos, y ella con su fantasía reinaba sobre las cosas, las transformaba, tenía poder sobre ellas. Y de esa realidad y fantasía, los seres y las cosas pasaron sin violencia a su literatura.

«La imagen de un gladiolo, por ejemplo, los había por miles, rosados, blancos, rojos, Yo digo en un poema que ellos me acompañaban a la escuela…era literalmente cierto…Las liebres…eran habitantes de ese mundo…»

Es cierto que la vida la llevó por otros lugares. Pero su radicación en Montevideo no borró sus recuerdos: «Mis familiares más próximos y mi actividad, están ahora en Montevideo…Mis colegas, editores, etc., son a la vez mis amigos…Todos, desde que vine, me trataron muy bien.»

Pero, arrancándole palabras al alma, añadió: «Pero Salto… Salto está siempre vivo en mí. Es un lugar, puro, perfecto, como un rosal a lo lejos, el Materno Santuario.»

Respecto a si volvería a visitar su paisaje de la infancia, sin temor a los cambios, respondió: «No. No hay cambios. Pienso ir y mirar. Esté como esté, va a vibrar lo mismo en mí y a latir de nuevo. Yo no temo esa imposible destrucción.»

Y en otro pasaje del mismo reportaje, respondiendo al por qué esa fidelidad a sus recuerdos: «Las cosas del presente, yo las imbrico sin proponérmelo en el pasado. Lo de ahora se entrecruza con lo de antes, sin querer se produce una urdimbre. Además, la infancia es maravillosa, las otras edades no… Yo no me aferro a nada. En mí hay una niña adulta. Desde chica vi todo y entendí todo lo que me rodeaba. El niño es así. El niño es un adulto.»

Leonardo Garet, afirma en forma contundente en El milgro incesante-Vida y obra de Marosa di Giorgio: «Puede decirse, definitivamente, que desde su primer libro se instaló en una dimensión de maravillas, pero propia, no de Lewis Carroll, con Marosa, y no con Alicia.»

«Vi todo», nos decía la poeta. Es decir, lo que el ojo ve, y lo que está más allá de los ojos. Lo que percibe con su fecunda fantasía, con sus sueños y premoniciones. Por eso su creación poética abarca lo visible y lo invisible: visibilium omnium et invisibilium como se reza en el Símbolo de Nicea.

Esa mirada que no se detiene en las apariencias, y que el poeta Jorge Arbeleche definió de manera iluminadora en el poema “Canción” de su poemario “La Sagrada Familia”:

«…porque era difícil y era fácil el ojo de Marosa

miraba las cosas desde atrás y de costado

desde arriba y desde abajo las miraba

como nosotros miramos los noches y los días…»

 

Itinerarios y tertulias de Marosa

Alejandro Michelena

Los itinerarios cotidianos de Marosa di Giorgio en su etapa montevideana, a partir de 1978, se relacionaron con algunos –muy contados– lugares que solía frecuentar asiduamente. Su presencia en ellos no hizo más que extender a la capital su costumbre salteña de la mesa de café.

Estuvieron concentrados en el área céntrica y en un radio de pocas cuadras. Uno de ellos fue el Luzón, que todavía abre sus puertas en Yaguarón casi Colonia; esa cantina donde le gustaba cenar sola o con amigos, frecuentada en aquellos años finales de los setenta gente de la cultura como Enrique Estrázulas, Salvador Puig y Eduardo Darnauchans. Un poco más adelante, a comienzos de los ochenta, se la vio participar –casi todas las noches– de las mesas del primer Lobizón (en Colonia casi Rondeau), compartiendo con otros poetas y artistas copas de vino y el característico gramajo. Tal costumbre marosiana se proyectaría en los noventa a los nuevos y sucesivos Lobizones ubicados en Zelmar Michelini (respectivamente: el del sótano, casi Soriano, y el de la galería, entre 18 de Julio y San José).

Otra de sus recurrentes estaciones urbanas fue el Mincho Bar, que sigue estando en Yí entre 18 y Colonia. Tradicional reducto de encuentros culturales desde comienzos de los sesenta, seguía albergando –veinte años más tarde– mesas en las que confluían escritores pero también periodistas. Ella participaba de esas ruedas, y lo hacía siempre en horas nocturnas.

Pero el lugar por excelencia de Marosa en su etapa capitalina, fue el viejo café Sorocabana de la plaza Cagancha. Ella se había enamorado del recinto años antes, cuando viajaba para leer sus poemas, o a raíz de la primera edición que hizo Arca de Los papeles salvajes. Tanto fue así, que sus venidas desde Salto terminaron siendo más que a Montevideo, al Sorocabana.

Llegaba muchas veces de mañana, y siempre permanecía horas en alguna de aquellas mesas redondas de mármol. Allí leía, pues era una lectora concentrada y constante; allí se abstraía del entorno y meditaba, o mejor dicho entraba en cierto trance que ella vinculaba a su proceso de creación poética; allí también, por supuesto, escribía. Avanzada la tarde llegaba el momento social, cuando la poeta transformaba su mesa en un original “salón literario”, atrayendo a escritores de varias generaciones, estéticas diversas, y visiones a veces contrapuestas, al conjuro de su indudable magnetismo.

Y esa mesa, allá por 1978 y 79, imperceptiblemente fue transformándose en una tertulia cultural, no orgánica pero sí recurrente. Lo paradójico fue que comenzaba a florecer en torno a Marosa di Giorgio la tradición de la tertulia, en tiempos oscuros en los cuales se había dejado de practicar –al menos públicamente– la sana costumbre intelectual del diálogo, del intercambio y del coloquio.

Marosa en el Ding Dong

El “Ding Dong” fue uno de los últimos lugares salteños que tuvo a Marosa y su grupo de amigos y allegados reuniéndose frecuentemente en mesas de café. Anelio Caraballo, hoy propietario del emblemático Bar “El Pibe”, ubicado en el Barrio Baltasar Brum de Salto, trabajó durante varios años en el Ding Dong y, aunque nunca habló con Marosa, dice haberla atendido varias veces, y recuerda:

“Ella iba allí en los años 1976, 77 y 78 más o menos. El Ding Dong estaba en calle Uruguay 842, donde ahora está la empresa de celulares Claro. Era de César Osmar Acosta. Entre los que iban estaban Rubén Ferrari, “Chingola” Muñoa, Jorge Real, Maruja Ganón, Leonardo Astiazarán, Milans Martínez, “La negra” Berta, y también otras personalidades que ahora no recuerdo. Pienso que se reunían allí porque ya no existían más la Oriental ni las otras confiterías históricas, era lo último que iba quedando. Los que se juntaban no eran los diez o doce a la vez sino que alternaban permanentemente. Incluso el atractivo en aquel entonces no era sólo Marosa sino también el Cacho Astiazarán, por ejemplo; ahora yo comprendo que ellos eran el atractivo para todos los demás. En esa mesa siempre había cuatro o cinco de ellos. Era siempre después de mediodía, se armaba mesa de café o de té. Una cosa que me acuerdo es de los labios de Marosa, siempre bien pintados de rojo, y esa taza de café o de té siempre quedaba marcada indudablemente. Ella fumaba, y entonces los ceniceros también se llenaban de rojo. Me acuerdo verla con unos lentes negros tipo mariposas…

Una cosa que siempre me quedó es que le escuché decir un vez que ella soñaba con viajar a una estrella, que en aquellos tiempos era una locura. Hoy en día alguien con plata si quiere va a la luna… Pero en aquella época pensábamos qué locura lo que dice”.

 

Fue un 17 de agosto y con llovizna de pétalos

Prof. Juan Carlos Albarado

“En nombre de la Intendencia Municipal de Salto, de los familiares de Marosa, de sus innumerables amigos vinculados a la literatura y el arte, de sus innumerables amigos para nada vinculados a la literatura y el arte; en nombre de los pequeños animales de nuestro campo, de las flores, el pasto, el viento, las lunas y el temblor del rocío; en nombre de los seres invisibles que pueblan las chacras, debo decir las palabras más difíciles de mi vida, pero también las más irrenunciables: la despedida de Marosa”.

Así comenzaba el discurso de su amigo hermano Leonardo Garet, en el Cementerio Central de Salto, el día 18 de agosto de 2004. El diario El Pueblo, tres días después, lo reproduce en forma textual junto con testimonios, homenajes, reportajes, y algunos de esos inclasificables textos que viven en los libros de esta singular autora.

Están presentes, en aquellas páginas del diario algunos de los nombres de la cultura de ese momento: César Rodríguez Musmano, Lewis Rochon, el por ese entonces intendente, Eduardo Malaquina, también escritores como Jorge Menoni, y, por supuesto, profesores de literatura de nuestra ciudad, Rosario Gómez, Graciela Lima y José Luis Guarino.

El diario Cambio, por su parte, publica el jueves 26 de agosto una nota del escritor uruguayo radicado en Barcelona Héctor Rosales. De esta puede destacarse el siguiente fragmento: “…durante una de mis visitas a Montevideo, Marosa me había regalado dos volúmenes que reunían prácticamente la totalidad de lo publicado hasta el momento. Bajo el título Los papeles salvajes (I y II, Arca, Montevideo, 1989 y 1991 respectivamente) quedé delante de un inmenso muestrario de hallazgos narrativos y poéticos, unificado por una voz de intensa claridad, hechicera, embriagadora, que instala al lector en un mundo donde todo puede suceder”. Luego Rosales reproduce un soneto de otra uruguaya, Concepción Silva Bélinzon.

Transcribo aquí, además del soneto mencionado, los poemas que le dedicaran, en el suplemento del diario El Pueblo, Rosario Gómez, y José Luis Guarino, así como el poema que le enviara Jorge Menoni a la propia Marosa (publicado luego por Leonardo Garet en su libro El milagro incesante) y que, según cuenta en su nota, le valdría la promesa de la poeta de prologarle el próximo libro y, por último, un poema inédito de Enrique Estrázulas enviado especialmente para este número de La Piedra Alta.

Más sabes que los astros

A Marosa di Giorgio

Más sabes que los astros la armonía
del que siempre te tuvo, en su corona,
la cascada del bosque que pregona
tu voz más que el silencio yo diría.

Sobre dolientes líquenes vigía
hasta la niebla misma te perdona;
y el lagarto inceleste se abandona
por luz tan verdadera que lo guía.

En su gran Mano de Oro tu cabeza,
junto al niño que cuidan las doncellas
no conoces secretos ni flaquezas.

Como el sol en las uvas moscateles,
supiste madurar con las estrellas
la rueda se derrumba en tus laureles.

Estimada Marosa:

Sentimos la necesidad

de desmentir tu muerte,

de proclamar tu vida.

De imaginar que sigues

horadando con tu sueño

la apariencia de las cosas,

porque quieres seguir

contándonos maravillas

que tu imaginación alcanza.

De creer que sólo te has ido

detrás del vuelo

de alguna mariposa,

pero que pronto volverás,

con tu mirada siempre absorta,

tu paso, mitad en vela,

mitad sonámbulo,

a sembrar con tu palabra

retamas y gladiolos,

a despertar liebres y palomas,

a convocar las hadas de tu infancia.

El cielo salteño

lleva tres días de duelo.

Después de tu partida

un gris empecinado

llora su llovizna

sobre los jardines

y huertos de tus sueños.

Hay devotos de tus versos,

hay amigos,

convocados por tu ausencia

para desmentir tu muerte

y proclamar que sigues viva.

J. L. G.

A Marosa

De las perlas han salido

gotas de sangre esfumada

¿quién las ha traído?

el dolor del viento, con perfumes viejos.

La madreselva quitó sus premios

y los entregó benévola a los jacintos.

Los ocres, los blancos y el brillo

aparecieron para revestirlos, nuevos,

con el aroma encantado de la mañana

El vuelo anaranjado del crepúsculo

se tiñó de negro ante la muerte.

La mariposa con voz, voló muy alto,

se nos llevó su voz a las alturas plenas.

El cielo acompañó su viaje

lanzando lágrimas tenues y delicadas.

El silencio acompañó sus invisibles pasos

en el gran viaje definitivo y solo.

Quedó la poesía extrañando este silencio,

como el de otros, inexplicable y mudo.

R. G.

Del otro lado del muro

donde el sol no entra,

donde las sombras no existen,

tu tristeza escribe poemas

los poemas no tienen retorno

las lágrimas que desgastan la prisa

construyen cavernas de paciencia

el muro no es alto,

tampoco ancho

bastaría la dureza del papel para lastimarlo

y aunque tú ya eres invisible

del muro no se vuelve

arañas, gimes, golpeas

cierras los ojos y te ignoras

sonríes y pretendes disimular

dibujas puertas ventanas

o un círculo

la libertad comienza por el fin

y vuelves a intentarlo

el muro es invencible

te sientas a descansar y descubres asombrada

que hoy es domingo

y han cambiado las flores de tu tumba.

Jorge Menoni

 

 

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